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Monumentos bajo el agua convierten el arrecife en arte

Monumentos bajo el agua

convierten el arrecife en arte

El 70% de la superficie del planeta que habitamos está cubierta por agua. Como es natural, gran parte de los ecosistemas que la componen habitan en las vastas extensiones de H2O lo que hace que resulte, casi imposible, la ausencia de la mano del hombre y las huellas de su paso en esas áreas.

La primera muestra de ello es el Monumento de Yonaguni, Japón; ubicado frente a la costa de Yonaguni, la más meridional de las islas Ryukyu, este conjunto de estructuras ha sido objeto de mucha especulación puesto a que sus formas muestran un trabajo artificial y humano, al menos en parte.

Otro de los monumentos submarinos más impresionantes es, sin duda, el Cristo del abismo de Guido Galletti; una estatua de bronce de 260 kilogramos originalmente sumergida en el mar Mediterráneo, frente a San Fruttuoso, a 15 metros de profundidad.


Desde entonces, se han colocado otras estatuas en diferentes partes del océano, entre las cuales se destaca la segunda estatua de bronce, sumergida en la costa de Granada en 1961. Así como es preciso mencionar la tercera, sumergida en 1965 en Estados Unidos, frente a la costa de Key Largo, Florida.

Uno de los atractivos de las playas de Cancún, México; es el increíble Museo Subacuático de Arte, conocido como MUSA; que lejos de encontrarse a los pies del mar sus 500 obras se encuentran sumergidas dentro de él. Inauguró en el año 2010, el museo responde a un esfuerzo por salvar los arrecifes de coral de la zona, al proporcionar un destino de buceo alternativo.

No puede existir un conteo de este tipo que no incluya al magistral Parque de esculturas subacuáticas Molinere, Granada; un proyecto ecológico destinado a crear nuevos lugares para que los corales y otras formas de vida marina crezcan, utilizando famosas esculturas del artista británico Jason deCaires Taylor.

Sin embargo, quienes prefieren el misterio preferirán bucear por los famosos naufragios producidos en el Atolón Bikini en las Islas Marshall, después de la Segunda Guerra Mundial. El atolón, que sirvió como lugar de 23 pruebas nucleares entre los años 1946 y 1958, abrió sus espacios al público en el año 1996 después de ser considerado libre de radiación.